sábado, 10 de noviembre de 2012
lunes, 5 de noviembre de 2012
CLASE MEDIA
De repente ya no estamos en los 90, ni siquiera en el 2000. Y en ese lapso de tiempo todo lo material, el ansia de acumular, las carátulas de los discos, las revistas musicales, los libros, los recortes de periódicos, todo se está evaporando.
Me recuerdo sentada en la cama de un desvencijado piso de estudiantes (sin calefacción, sin persianas) recorriendo con mis dedos la colección de discos que, poco a poco, iba ampliando. Una parte del dinero destinado a mi manutención en la ciudad universitaria iba directo a la tienda de música, o a la librería, o a tabaco, porque si había que elegir entre fumar o comer, se elegía fumar. Y punto. Me compraba los discos sin saber si me gustarían; sólo me guiaba por la portada y por la crítica de alguna revista especializada. Internet aún estaba en pañales y había que jugársela; así llegaron a mi colección los Doves, singles de Andreas Johnson y Modjo, y otros tantos, con desigual fortuna. Guardaba los recortes de periódico de mis grupos favoritos en un álbum de fotos y forraba las carpetas con portadas de revistas musicales que se me antojaban lo suficientemente cool.
Considero que me he adaptado bastante bien a lo que llegó después. También es cierto que soy joven, así que lo normal es caer rendido ante el inagotable manantial de datos que es la red, por no mencionar las innumerables ventajas de la globalización informativa, pero...¿se me permite echar de menos las tardes de invierno en que, hastiada de no hacer nada, no me quedaba otra opción que agarrar un libro para entretenerme?. Ya sé que a quien no le ha gustado leer se las ha ingeniado para no hacerlo jamás, y eso vale para todo: tocar la guitarra, pintar, escribir, escuchar música, etc, pero siento que esta polución informativa, esta costumbre de tenerlo todo en el momento, esa lectura sesgada de titulares o posts plagados de faltas de ortografía, está envenenándome por dentro.
No puedo hablar por el resto de jóvenes de mi generación, no pretendo enarbolar ninguna bandera identificativa que proclame que los nacidos en tal o cual año se sienten de esta u otra manera. En realidad, nada me impide seguir haciendo lo que hacía antes, cuando carecía de ordenador e Internet aún era un experimento militar. Nada me lo impide, salvo yo misma. Mi primera reacción al levantarme es abrir Facebook, luego el correo, después Twitter, las noticias de algún periódico y...zas, me distraigo, navego sin rumbo, me entretengo con estupideces. El problema no es la herramienta, sino cómo se maneja, ergo, el problema soy yo. Pero no hay de qué preocuparse porque, antes de lo que creemos, el estado del bienestar se irá a la mierda y mis preocupaciones de niñita pija de clase media no tendrán cabida en mi nuevo presente: sin trabajo, sin futuro, sin poder permitirme un ordenador y, mucho menos, internet, por fin el fatum me arrebatará todas las comodidades y hundirá mis ojos en el barro. Porque, bueno, a lo mejor me lo merezco.
Me recuerdo sentada en la cama de un desvencijado piso de estudiantes (sin calefacción, sin persianas) recorriendo con mis dedos la colección de discos que, poco a poco, iba ampliando. Una parte del dinero destinado a mi manutención en la ciudad universitaria iba directo a la tienda de música, o a la librería, o a tabaco, porque si había que elegir entre fumar o comer, se elegía fumar. Y punto. Me compraba los discos sin saber si me gustarían; sólo me guiaba por la portada y por la crítica de alguna revista especializada. Internet aún estaba en pañales y había que jugársela; así llegaron a mi colección los Doves, singles de Andreas Johnson y Modjo, y otros tantos, con desigual fortuna. Guardaba los recortes de periódico de mis grupos favoritos en un álbum de fotos y forraba las carpetas con portadas de revistas musicales que se me antojaban lo suficientemente cool.
Considero que me he adaptado bastante bien a lo que llegó después. También es cierto que soy joven, así que lo normal es caer rendido ante el inagotable manantial de datos que es la red, por no mencionar las innumerables ventajas de la globalización informativa, pero...¿se me permite echar de menos las tardes de invierno en que, hastiada de no hacer nada, no me quedaba otra opción que agarrar un libro para entretenerme?. Ya sé que a quien no le ha gustado leer se las ha ingeniado para no hacerlo jamás, y eso vale para todo: tocar la guitarra, pintar, escribir, escuchar música, etc, pero siento que esta polución informativa, esta costumbre de tenerlo todo en el momento, esa lectura sesgada de titulares o posts plagados de faltas de ortografía, está envenenándome por dentro.
No puedo hablar por el resto de jóvenes de mi generación, no pretendo enarbolar ninguna bandera identificativa que proclame que los nacidos en tal o cual año se sienten de esta u otra manera. En realidad, nada me impide seguir haciendo lo que hacía antes, cuando carecía de ordenador e Internet aún era un experimento militar. Nada me lo impide, salvo yo misma. Mi primera reacción al levantarme es abrir Facebook, luego el correo, después Twitter, las noticias de algún periódico y...zas, me distraigo, navego sin rumbo, me entretengo con estupideces. El problema no es la herramienta, sino cómo se maneja, ergo, el problema soy yo. Pero no hay de qué preocuparse porque, antes de lo que creemos, el estado del bienestar se irá a la mierda y mis preocupaciones de niñita pija de clase media no tendrán cabida en mi nuevo presente: sin trabajo, sin futuro, sin poder permitirme un ordenador y, mucho menos, internet, por fin el fatum me arrebatará todas las comodidades y hundirá mis ojos en el barro. Porque, bueno, a lo mejor me lo merezco.
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